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TESTIMONIOS

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Fuente: Editorial El Tiempo

La dieta de la población en economías emergentes como la colombiana está en plena transición. Es decir, los hábitos alimentarios dependen cada vez más del suministro comercial de comida y de su producción industrial.

Este cambio va de la mano de los procesos de urbanización, lo que conlleva una ruptura de las tradiciones alimentarias que caracterizaron a generaciones  anteriores. Hoy se consumen menos productos primarios, de origen agrícola y animal, lo cual tiene consecuencias nutricionales en la población.

De acuerdo con la Encuesta Nacional de Situación Nutricional (Ensin 2010), tres de cada 10 personas entre los 5 y los 64 años no consumen frutas a diario, y del total de colombinos en este rango de edad, El 72%  no consume hortalizas o verduras diariamente. Por el contrario, la ingesta de productos procesados, como los embutidos, las gaseosas, las bebidas azucaradas y las comidas rápidas ganan terreno.

Según la Ensin, más de la mitad de los niños y adolescentes  ya son habituales consumidores de embutidos, y para la tercera parte de ellos las comidas rápidas forman parte de su dieta semanal. A eso hay que sumar que la cuarta parte de los colombianos toman gaseosas y refrescos azucarados todos los días.

Este factor ha sido determinante en el incremento de los índices de sobrepeso y obesidad del país en los últimos 15 años. Hoy, el 51.2% de los adultos están sobrepesados u obesos, lo mismo que uno de cada 10 niños y adolescentes.

Al aumento sostenido de tales indicadores (que son uno de los principales factores de riesgo de peligrosas enfermedades) ahora se agrega la avalancha de  comestibles industrializados  de toda clase, que ingresaran al país a bajos precios por la reducción y eliminación de aranceles, enmarcadas en el tratado de libre comercio.

Confitería, galletería, azucares de todo tipo, productos con edulcolorantes, mieles, grasas, aceites, cereales, almidones, féculas, helados, lácteos  procesados, embutidos y cientos de otros ingredientes, convertidos en una amplísima gama de productos con empaques llamativos y a bajo costo, empezaran a exhibirse en breve en las estanterías de todo el país  y más al alcance de todos los bolsillos.

Esto, vale la pena recalcarlo, hace parte de las reglas del juego de los tratados; no obstante, exige medidas serias en el plano sanitario para evitar que impacte negativamente a la salud pública.

Es clave darles una mirada crítica y racional a experiencias cercanas, y con procesos similares, como la mexicana. En marzo del año pasado, las Naciones Unidas contribuyeron al Tratado de Libre Comercio de América del Norte, vigente  desde 1994, buena parte del rápido incremento de la obesidad y el sobrepeso en ese país, que hoy afecta al 70% de la población.

La única manera de evitar que Colombia continúe por esta pesada senda es echando mano de la producción  de la salud y prevención en la enfermedad, que les siguen quedando grandes a las autoridades sanitarias.

Aun cuando el país cuenta desde octubre del 2009 con una ley para hacerle frente a la obesidad, la norma duerme el sueño de los justos en las gavetas de los responsables de reglamentarla y ponerla a andar.

La tarea no es exclusiva del sector salud; la responsabilidad es intersectorial  e involucra a estamentos públicos y privados, desde los más altos niveles. Aunque polémicas propuestas,  como la del alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, de reducir el tamaño de las gaseosas, son una muestra de lo que ocurre cuando hay la voluntad política de anteponer la salud pública a cualquier otro interés.

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